El deporte en la cultura
1. La tarde épica de Platko

Félix Morales Prado

A pesar del lugar común que suele enfrentar el ejercicio físico con el arte y la literatura, muchos escritores y artistas han sido amantes del deporte y éste, en unas épocas y tendencias más que en otras, en unos autores más que en otros, ha figurado entre los temas de sus creaciones.

Desde la antigua Grecia, entre cuyas esculturas cuenta el famoso Discóbolo de Mirón o el Apoxiomeno, de Lisipo, que muestra a un atleta realizando sus labores de higiene después de la competición, hasta nuestros días los artistas no han dejado de reflejar en sus obras las hazañas de los héroes del deporte.

Los futuristas, seguidores de Marinetti, consideraron la actividad deportiva como una de las más nobles que podía realizar el ser humano. Lord Byron, uno de los prototipos del poeta romántico, fue un notable boxeador. Algunos de los beatniks norteamericanos, en concreto Dean Moriarty, el héroe de “On the Road” de Jack Kerouac, flipaba con el alpinismo. Y no hablaremos aquí, lo dejaremos para otra ocasión, de los deportistas que han escrito obras literarias notables.

Los poetas de nuestra generación del 27 fueron muy aficionados al deporte. Y, consecuentemente, lo convirtieron en tema de su poesía. Esta vez dedicaremos la sección que José Luis Camacho me ha encargado a un poema de Rafael Alberti dedicado al guardameta del Barcelona “Platko”. Tan gran carisma y personalidad tenía que se convirtió en fuente de inspiración para el poeta, que le dedicó uno de sus poemas más conocidos. Fue su actuación en la final de Copa de 1928 contra la Real Sociedad la que llevó a Alberti a escribir estos versos. Platko sufrió una herida en la cabeza durante la primera parte pero, haciendo un enorme esfuerzo y sin hacer caso de los consejos de los médicos, jugó la segunda. A pesar de todo y con la cabeza vendada, el húngaro hizo un partido excepcional y su leyenda creció a partir de entonces. Aquel día había otro poeta entre las gradas, pero hincha de la Real Sociedad, Gabriel Celaya, que también escribiría otro poema para contradecir a Alberti, y dar otra versión de aquella final que terminó con la victoria catalana. En otra ocasión lo mostraremos para gozo de los anticulé. Hoy toca la gloria para el Barça en la figura de aquel portero, Platko, cantado por el poeta Alberti. Aquí tenéis el poema:

PLATKO

(Santander, 20 de mayo de 1928)
A José Samitier, capitán.

 

Nadie se olvida, Platko,
no, nadie, nadie, nadie,
oso rubio de Hungría.

Ni el mar,
que frente a tí saltaba sin poder defenderte.
Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más regía.

Ni el mar, ni el viento, Platko,
rubio Platko de sangre,
guardameta en el polvo,
pararrayos.

No, nadie, nadie, nadie.

Camisetas azules y blancas, sobre el aire,
camisetas reales,
contrarias, contra ti, volando y arrastrándote,
Platko, Platko lejano,
rubio Platko tronchado,
tigre ardiendo en la yerba de otro país. ¡Tú, llave,
Platko, tú, llave rota,
llave áurea caída ante el pórtico áureo!.

No, nadie, nadie, nadie,
nadie se olvida, Platko.

Volvió su espalda el cielo.
Camisetas azules y granas flamearon,
apagadas, sin viento.
El mar, vueltos los ojos,
se tumbó y nada dijo.
Sangrando en los ojales,
sangrando por ti, Platko,
por tu sangre de Hungría,
sin tu sangre, tu impulso, tu parada, tu salto,
temieron las insignias.

No, nadie, nadie, nadie,
nadie, nadie se olvida.

Fue la vuelta del mar.
Fueron diez rápidas banderas
incendiadas, sin freno.
Fue la vuelta del viento.
La vuelta al corazón de la esperanza.
Fue tu vuelta.

Azul heroico y grana,
mandó el aire en las venas.
Alas, alas celestes y blancas, rotas alas,
combatidas, sin pluma, encalaron la yerba.
Y el aire tuvo piernas,
tronco, brazos, cabeza.

¡Y todo por tí, Platko,
rubio Platko de Hungría!

Y en tu honor, por tu vuelta,
porque volviste el pulso perdido a la pelea,
en el arco contrario el viento abrió una brecha.

Nadie, nadie se olvida.

El cielo, el mar, la lluvia lo recuerdan.

Las insignias,
las doradas insignias, flores de los ojales,
cerradas, por ti abiertas.

No, nadie, nadie, nadie,
nadie se olvida, Platko.

Ni el final: tu salida,
oso rubio de sangre,
desmayada bandera en hombros por el campo.

¡Oh, Platko, Platko, Platko,
tú, tan lejos de Hungría!.

¿Qué mar hubiera sido capaz de no llorarte?.

Nadie, nadie se olvida,

no, nadie, nadie, nadie.

Rafael Alberti

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